Las elecciones en Francia y su posible impacto en el EURUSD

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Las elecciones en Francia y su posible impacto en el EUR/USD

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Impacto del COVID-19 en América Latina

En diciembre de 2020 se identificó el primer caso de COVID-19 en Wuhan, la ciudad más poblada de la zona central de China. Es un virus que afecta el sistema respiratorio con un alto grado de contagio y baja mortalidad. Desde el reconocimiento del brote, se han implementado diversas medidas de aislamiento social, suspensión de actividades y paro productivo. Los impactos que ha generado han puesto a la economía mundial en una perspectiva de crisis económica y social aún más complicada, que la que se esperaba al cierre de 2020.

El mundo arrastra una tendencia de bajo crecimiento desde 2020, 2.8% promedio anual. El cierre del 2020 estuvo marcado por diversas expresiones de descontento social y hartazgo a las políticas económicas en Hong Kong, Irán, Francia, Reino Unido, España; y en América Latina, donde las manifestaciones sociales más fuertes sucedieron en Ecuador, Argentina, Chile, Colombia y Haití. Antes de la pandemia, se esperaba que en 2020 el modelo de acumulación, cimentado en el libre mercado, enfrentaría una crisis social provocada por los costos de la privatización de los servicios públicos, la flexibilización de la legislación laboral, la financiarización del ahorro y las pensiones, la concentración de riqueza y la preeminencia del capital privado en la asignación de recursos.

Con el brote, desde mediados de enero, China comenzó a implementar medidas de aislamiento, paralización de ciudades, cierras de fronteras y cierres de fábricas. Dichas medidas frenaron el mercado interno chino y la producción exportadora, con impactos en su nivel de crecimiento económico. China es el principal proveedor para EEUU y su tercer mercado de exportación, después de Canadá y México. Le proporciona insumos estratégicos para cinco ramas productivas: aeronáutico, farmoquímica, automotriz, telecomunicaciones y electrónico.

A pesar de la paralización de la economía China, el COVID-19 ha alcanzado un grado de contagio casi global, con más de 229 mil casos confirmados, 148 países y 9.3 mil muertes en todo el mundo ­(19 de marzo, 2020). Aunque presente una baja tasa de mortalidad, el impacto en la vida social, política y económica mundiales ha sido muy profundo. A finales de enero el Fondo Monetario Internacional aún hablaba de una lenta recuperación del crecimiento mundial de 3.3%, frente al 2.9 registrado en 2020. Sin embargo, apenas el 12 de febrero, las principales bolsas del mundo se desplomaron. Nadie calculó la magnitud de China en las cadenas productivas mundiales. China es el eje de la economía mundial.

Tras la paralización de la economía más dinámica del mundo, la cancelación de sus exportaciones y la restricción de sus importaciones, se redujo el comercio internacional y la producción de las cadenas de valor globales se detuvo. El impacto fue directo a las economías ligadas a ella. Los primeros en sentirlo, fueron los mercados financieros y los países más maduros. Desde el 12 de febrero las principales bolsas de valores no detienen su caída, el S&P 500 acumula una bajada de 26.1%; el DAX alemán de 35.3%; el NIKKEI japonés de 27.1% y el FTSE inglés de 30.6%. A la fecha (19.3.2020) la caída continúa pese a todos los intentos de la Reserva Federal de EEUU y el BCE, por frenarla. (Ver gráfico 1) Ha reducido la tasa de los fondos federales a entre 0 y 0.25% e inyectado $700 mil millones de dólares mediante venta de bonos del tesoro, y el Banco Europeo, que ha inyectado $750 mil millones de euros.

Además cayeron los commodities. A principios de marzo, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) propuso frenar la caída de los precios del petróleo que cayó 25%, provocado por el freno productivo. La idea era una disminución de 1.5 millones de barriles diarios a partir del 4 de marzo hasta julio de 2020. Rusia, de su lado, se negó a reducir su producción, dado que más del 50% de las exportaciones rusas dependen del petróleo (entre crudo, refinado y gas). El resultado fue que Arabia Saudita anunció un aumento de su producción para compensar la caída de las exportaciones. Con esto, se agravó la caída del precio que entre el 6 de enero y el 18 de marzo cayó 60%, de $68.9 a $28.1 dólares el barril. Están enfrentados Arabia Saudita, la OPEP y Rusia, contra EEUU. Los bajos precios lo perjudican más por su baja productividad y su apuesta por el costoso gas y petróleo de esquisto. Si logran mantener el precio abajo, quiebra la industria del esquisto estadounidense. Esta luego será rescatada.

El escenario para América Latina, previo al brote de COVID-19 estaba muy complicado. La CEPAL reconoció, en diciembre de 2020, que la región mostraba una desaceleración económica generalizada y sincronizada. Señaló que se completaban seis años consecutivos de bajo crecimiento, y estimó 1.3% de crecimiento promedio en 2020. Sin embargo, el brote de COVID-19 ha empeorado todo

China es el principal socio importador de Brasil, Chile y Perú, el segundo de Argentina y el tercero de México y Colombia; también es el principal socio exportador de Brasil, Chile, Perú y segundo más importante para México, Colombia y Argentina. Con este grado de interconexión, su paralización impactó adversamente sobre la producción, la inversión, el empleo, el ingreso y el consumo de los hogares con expectativas a la baja. Desde inicios de febrero, la bolsa de México (BMV) acumula una caída de 21.1%; la de Chile de 37.2% y la de Brasil (BOVESPA) de 41.6%. (ver grafico 2)

­ El precio de referencia del petróleo acumuló 63% de caída entre enero y marzo. Cabe señalar que la exportación de petróleo es fundamental para Venezuela donde constituye 92% (80% crudo y 12% refinado) del total de sus exportaciones, en Trinidad y Tobago 54.6%; en Bolivia 32%; en Colombia 33.3% (28% crudo y 5.3% refinado); en Ecuador 29%; en Brasil 8.7% y en México 5.2%. La reducción del precio impactará sobre el nivel de recaudación, del presupuesto, de la inversión pública y, por lo tanto, del ritmo de producción y consumo de los próximos años.

El virus, además de representar por sí mismo un grave crisis sanitaria global, ha sacado al descubierto los profundos límites estructurales de la economía mundial y revelado las vulnerabilidades del modelo de acumulación basado en el libre mercado y las cadenas productivas globales. En tanto China se convirtió en el corazón de estas cadenas, el freno de un trimestre de China, recortará el bajo pronóstico de crecimiento para las economías latinoamericanas y mundial en un semestre. La velocidad con que China se reactive ayudará, pero no significa que el resto del mundo se reactiva al mismo paso. La recesión mundial está en el tablero según todos los pronósticos. El daño económico y financiero desatado por el COVID-19 obligará a los tomadores de decisión a replantear el eje del crecimiento y acumulación para los próximos años. Dicho proceso será más lento y difícil que con la crisis de 2007-2009.

Num. 06, Año 2020, 20 de Marzo 2020

El coronavirus podría ayudar a alcanzar los objetivos sostenibles

Lo ideal sería que el daño se mantuviera en niveles actuales, pero asustara algo a Gobiernos, empresas y gente

Nadie se espera la gripe española. O la peste bubónica. Aun así, pánicos pestilentes como el Covid-19 aparecen de vez en cuando, y a veces se convierten en verdaderos niveladores de la humanidad. Afortunadamente, el llamado coronavirus no se parece en nada a la peste negra del siglo XIV. Pero teniendo en cuenta lo que sucedió después de brotes anteriores más mortíferos, la economía de la peste puede, de todos modos, conducir a cambios estructurales de gran alcance.

Las economías europeas cambiaron drásticamente en los años que siguieron a la llegada de los barcos mercantes genoveses en 1347 –y a la reaparición regular de la peste negra. Aniquiló a más de la mitad de los residentes de Florencia, París y Hamburgo, y la población europea tardó décadas en recuperarse. Sin embargo, la consiguiente gran escasez de mano de obra tuvo un impacto duradero: cambió parte del poder a los trabajadores (campesinos y siervos) lejos del capital (la aristocracia terrateniente).

“La peste negra fue un acontecimiento cataclísmico y la reducción de la población era inevitable, pero en última instancia disminuyó los impedimentos económicos y abrió nuevas oportunidades”, sostiene David Routt, profesor de la Universidad de Richmond (Virginia, EE UU), en un paper o artículo científico sobre las repercusiones económicas de la plaga. Mientras que los salarios en Inglaterra, por ejemplo, aumentaron hasta un 40% entre los años 1340 y 1360, los ingresos de los señores ingleses disminuyeron un 20% mientras la plaga hacía estragos, según Routt.

Se pueden sacar conclusiones similares de la gripe española, que mató a unos 40 millones de personas, convirtiéndola en la peor epidemia desde la peste negra. “Algunas investigaciones académicas sugieren que la pandemia de gripe de 1918 causó una escasez de mano de obra que se tradujo en un aumento de los salarios (al menos temporalmente) de los trabajadores”, escribió Thomas Garrett en un paper de 2007 para el Banco de la Reserva Federal de San Luis (EE UU). El economista investigador estuvo lo suficientemente humano como para añadir que “no se puede argumentar razonablemente que este beneficio superara los costes de la tremenda pérdida de vidas y de la actividad económica en general”. Pero el beneficio era claramente tangible.

Volviendo a 2020, el área obvia en la que puede tener un impacto la economía de las plagas es la de las preo­cupaciones ambientales, sociales y de gobernanza (ASG), en particular la existencial amenaza del calentamiento global. Suponiendo que las medidas de “distanciamiento social” para evitar la propagación de la enfermedad conduzcan a un bloqueo de los viajes a nivel mundial, habrá algunas lecciones básicas transferibles a las promesas de reducción de carbono de las mayores economías del mundo. Si las personas deben vivir de una manera más restringida para frenar el coronavirus –viajando menos, digamos, o haciendo más videoconferencias– pueden igualmente modificar su comportamiento.

El Covid-19 es el primer gran susto sanitario desde que las principales naciones acordaron mantener el aumento de las temperaturas mundiales en 1,5 grados centígrados con el Acuerdo de París de 2020. Los brotes más recientes, como el SARS de 2003 o el H1N1 de 2009, son anteriores a París y se produjeron antes de que la mayoría de los votantes identificaran el cambio climático como una prioridad seria.

En el mayor emisor del mundo, EE UU, está ahora entre los cuatro principales temas de las elecciones presidenciales de 2020, según una reciente encuesta para la revista The Atlantic realizada por Climate Nexus con la Universidad de George Mason y Yale. En una encuesta similar de 2008, solo el 1% de los votantes estadounidenses lo calificaba como su preocupación más importante.

Esto significa que el coronavirus aterriza en un momento en el que el público en general, así como muchos políticos, líderes corporativos y banqueros centrales, está buscando maneras de acelerar un cambio hacia una actividad económica más sostenible desde el punto de vista ambiental.

La aparición del coronavirus coincide también con un replanteamiento más general del capitalismo que se está produciendo en la comunidad empresarial, como atestigua la redefinición del propósito de una corporación por parte de la Mesa Redonda Empresarial de EE UU; y en la esfera política, donde un socialista declarado está luchando por la carrera del Partido Demócrata para competir con el presidente, Donald Trump. Este es en la práctica el componente “social” de la inversión ASG.

Uno de los impactos de mercado más observables de una epidemia extendida donde los viajes, el comercio y el transporte se restringen y el crecimiento se ralentiza, sería un profundo y prolongado descenso del precio de la energía. Es probable que muchos productores de petróleo estén ya en pérdidas. Por debajo de los 40 dólares por barril, las actividades de perforación en alta mar y en aguas profundas (offshore) para muchos productores se hunden en números rojos.

Es cierto que puede ser necesario un impacto económico más profundo por una oleada de muertes antes de que la epidemia retroceda para inclinar psicológicamente la balanza hacia una mayor sostenibilidad, tanto en el sentido ambiental como socioeconómico. El mejor escenario posible sería que el daño del Covid-19 se contenga a los niveles actuales, pero que la experiencia, que llega en un momento de introspección global sobre el impacto de la humanidad en el planeta en general, asuste suficientemente a Gobiernos, empresas y personas para que cambien a un comportamiento menos perjudicial ambiental y socialmente. Es mucho esperar, pero está lejos de ser imposible.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews . Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo , es responsabilidad de CincoDías

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