La renuncia de Stark y su efecto en el euro

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La renuncia de Stark y su efecto en el euro

Después de una sesión de la semana en el día de ayer, los euros del BCE tuvieron una inflexión más pesimista. Hoy vemos que el mercado sigue basado en la ruta de la moneda euro.

Hoy en día, además de que las expectativas de cambio con respecto a las tasas de interés para la BCE, tememos en que los desacuerdos se conviertan en una renuncia de una miembro de la corporacino, Stark decidió dejar el BCE a causa de su oposición al programa de compra de bonos.

Él será el segundo alemán prominente en salir de la BCE, Axel Weber, después – que se encontraba en la línea de la cabeza del BCE. En su mensaje de renuncia envio claramente una fuerte división en el camino. Sin embargo, con un halcón como Stark ha ido, y van dejando de Trichet a la Presidencia, la tendencia a deshacerse de las recientes subidas de los tipos de interés en el BCE puede ganar impulse a los comerciantes menos imprevistos.

Durante el 04 de septiembre las llamadas de Stark, de 63 años, expresando su fuerte oposición al programa, que se amplió el mes pasado cuando el BCE comenzó a comprar bonos italianos y españoles, dijo el funcionario, que habló bajo condición de anonimato porque las conversaciones son confidenciales.

Stark fue apoyado por los bancos centrales de Austria y los Países Bajos.. La renuncia de Stark, economista jefe del BCE, es un golpe al banco, dijo el funcionario, señalando que es el segundo miembro alemán del BCE Axel Weber, después de dejar el programa de bonos.

La renuncia de Stark, menos de dos meses antes de que termine el mandato del Presidente Jean-Claude Trichet, ha de sugerir que los responsables políticos son cada vez más divididos sobre la mejor manera de luchar contra la crisis de la deuda europea.

La espantada de Stark desata una tormenta en las bolsas y en el euro

La dimisión del economista jefe alemán pone en jaque la credibilidad de la institución emisora. Los parqués europeos se hunden un 4% y la moneda única cae al nivel más bajo desde febrero.

La guerra sin cuartel que se libra en el seno del Banco Central Europeo (BCE) asestó ayer un severo revés a la línea de flotación del euro y en los mercados financieros. La divisa europea retrocedió a 1,3647 dólares, el nivel más bajo desde el 22 de febrero. También cedió ante el yen, colocándose a 105,44. Las bolsas, por su parte, reaccionaron muy negativamente al desenlace de las tensiones en seno de la autoridad monetaria europea y al nuevo empeoramiento de la situación económica de Grecia.

El castigo más duro lo recibió Milán, cuyo índice retrocedió un 4,93 por ciento, mientras que el Ibex 35, en Madrid, recortó un 4,44 por ciento. La Bolsa de Franckfort perdió el 4 por ciento y el CAC parisino registró una caída del 3,60 por ciento. El mercado que salió mejor parado de esta nueva jornada negra fue Londres ya que el FT cedió «sólo» el 2,35 por ciento.

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Porque en la batalla a cara de perro entre quienes apuestan por recuperar la ortodoxia que hasta la crisis envolvía las intervenciones de la institución y aquellos que quieren prolongar las medidas extraordinarias se cobró ayer una víctima demasiado ilustre para hacer borrón y cuenta nueva.

Se trata del economista jefe del banco emisor, Jürgen Stark, el halcón de los halcones, que adujo «motivos personales» al presentar la dimisión al presidente de la institución y anunciar que abandona el cargo antes del final de su mandato, fechado el 31 de mayo de 2020.

Su renuncia pone negro sobre blanco la división interna que continúa atentando contra el prestigio y la capacidad de maniobra con que cuenta la autoridad monetaria del Viejo Continente. Aunque principalmente sume a la divisa común en una crisis sin precedentes al constatar que la única institución capaz de preservar la Unión Monetaria anda tan a la deriva como los Estados miembros.

Salvavidas para España

El BCE, de hecho, constituye el único salvavidas del euro que puede comprar deuda en el mercado secundario. Compras con el objetivo de rebajar los diferenciales del riesgo país y suavizar el acoso con que los especuladores castigan a los socios más débiles como los rescatados Grecia, Irlanda y Portugal, y los que como Italia y España también siguen en el punto de mira de los especuladores.

Máxime cuando la entrada en vigor de las nuevas facultades con que los líderes europeos dotaron al fondo de rescate continúa todavía pendiente de diversos flecos, mientras las capitales siguen enconadas en una maraña de exigencia y trámites burocráticos que amenaza con cercenar la viabilidad de la segunda intervención sobre Atenas. Esas renovadas facultades permitirían al instrumento de asistencia financiera hacerse con títulos de los socios al borde del abismo, pero, de momento, sólo el banco emisor puede asumir semejante rol de apagafuegos.

La brecha en el corazón de la entidad comenzó a cristalizar a raíz de que la institución empezara a adquirir papel en el secundario durante la primavera de 2020. Ya en febrero del ejercicio en curso, el BCE sufrió un duro mazazo al ver cómo también dimitía el, a la sazón, gobernador central del Bundesbank, Alex Webber, y principal candidato a relevar al presidente de la autoridad monetaria del euro, Jean Claude Trichet. El motivo, el abandono de la ortodoxia a propósito de la compra de bonos.

La caja de los truenos

Desde entonces, los rumores y, más aún, las certezas que envuelven las disensiones en el Consejo de Gobierno del banco emisor se solapan sin solución de continuidad. Tanto que, el jueves, Trichet no quiso hacer gala de su habitual flema para torear los dardos envenenados dirigidos a la entidad y abrió la caja de los truenos al responder con inusitada ira a las alusiones de un reportero alemán sobre las críticas germanas.

«A esa gente le diré que nuestro mandato consiste en garantizar la estabilidad de los precios, un mandato otorgado por las 17 democracias del euro, y lo hemos cumplido impecablemente», respondió el presidente de la institución, quien hosco reiteró nuevamente: «Impecablemente».

La contundente réplica formulada por Trichet, sin embargo, no se detuvo ahí pese a su virulencia, sino que se recrudeció para consumar un verdadero tirón de orejas al núcleo duro alemán del BCE. «Me gustaría mucho escuchar las felicitaciones a una institución que ha proporcionado estabilidad de precios en Alemania durante más de 13 años, en torno al 1,55 por ciento, mejor de lo que se ha conseguido en ese país a lo largo de los últimos 50 años», sentenció el gobernador de la entidad emisora.

La ira de Trichet debió avivar más si cabe si cabe los ánimos del ala radical y ortodoxa del banco, encarnada por los consejeros germanos y fundamentalmente por el halcón entre los halcones, el economista jefe Jürgen Stark, contrario a cualquier operación extraordinaria de la autoridad monetaria del euro.

Así lo constata, al menos, la renuncia de éste último, que ayer desató un tsunami de incalculables efectos sobre el mercado. Por el puesto del que cesa, a raíz de lo que implica su dimisión y a propósito del golpe que asesta al prestigio de la entidad emisora.

Stark, quien se mantendrá en el cargo hasta que la institución le encuentre un sucesor adecuado, ejerce como economista jefe del BCE, una labor fundamental para Berlín, que exige contar con un germano en este estadio del escalafón del banco.

Porque al margen del presidente y gobernador central de la entidad, el economista jefe marca la pauta de la gestión que despliega la institución. En mayor medida incluso que el propio vicepresidente.

Y ahora, a raíz del abandono anunciado por Stark, se abre una nueva guerra sin cuartel entre los Gobiernos para aupar al cargo a sus respectivos candidatos frente, eso sí, a la exigencia oficiosa mantenida por Berlín de contar con un germano en este puesto estratétigo al que la todopoderosa Alemania no renunciará.

Quiniela de sucesores

A falta de confirmación oficial, Reuters adelantó que el viceministro de Finanzas alemán, Joerg Asmussen, sustituirá al actual economista jefe en el comité ejecutivo del banco emisor. Un relevo que, según el procedimiento habitual, debería materializarse a fin de año.

La renuncia de Stark alienta también el ánimo de unos especuladores que se sirven de anuncios como el de ayer para amasar capital a coste de los Estados a punto de despeñarse. El mercado sabe que el Viejo Continente acaba de perder fuelle, vigor y prestigio en su respuesta frente la crisis de deuda e intentará maniatar a las presas más débiles. Por si no bastara, con su economista jefe actual se irá buena parte de la credibilidad que atesora la institución monetaria. El BCE pasa por una entidad que debe actuar colegiadamente y la dimisión del economista germano vuelve a constatar con luz y taquígrafos las dificultades del banco emisor para desenvolverse como un todo. De hecho, Stark se convirtió en uno de los cuatro miembros de la autoridad monetaria de la zona euro que votó en contra de la polémica decisión adoptada en agosto por la institución y que dio el pistoletazo de salida a la compra de títulos españoles e italianos.

¿Quién manda en el BCE?

Cuando a Alan Blinder (que fue vicepresidente de la Reserva Federal entre 1994 y 1996, con Alan Greenspan) le preguntaron al volver a Princeton quién mandaba en la Fed, este economista norteamericano que había formado parte de la Administración de Bill Clinton fue muy claro: «En la Reserva Federal, el poder se reparte en tercios: un tercio para el presidente; otro, para el Consejo de Administración, y otro, para el staff». Luego precisó que lo importante era que todo ese poder conjunto se mantuviera independiente del poder político.

Si hiciéramos esa misma pregunta en el Banco Central Europeo (BCE), la respuesta sería parecida, aunque la conclusión muy diferente: manda Alemania. Probablemente se pueda repartir en los mismos tercios. Sin embargo, el primer ejecutivo del BCE -el presidente- siempre ha compartido una parte de su cuota de poder con el economista jefe, que casualmente siempre ha sido un alemán (y además forma parte del consejo), al igual que los primeros niveles del staff. Así sucedió con Wim Duisenberg y Otmar Issing y con Jean Claude Trichet y Jürgen Stark. Por eso, la dimisión de Stark hace 10 días hay que leerla en clave política alemana, al igual que la renuncia meses atrás de Axel Weber, el también alemán al que todos daban como próximo presidente del BCE.

Sería iluso pensar que Alemania renuncia a un papel estelar tras la salida de Weber y Stark

Los presidentes del BCE siempre han compartido una parte de su poder con el economista jefe, alemán

Esa enorme influencia de Alemania en el Banco Central Europeo puede ser la explicación para algunas de las decisiones tomadas por esta institución en los últimos años y, por supuesto, para algunas de las no adoptadas. El ejemplo más claro fue la decisión del pasado 7 de abril, en la que el BCE subió los tipos de interés para la zona euro, ante la posible tensión inflacionista derivada de los conflictos del norte de África, que situó los precios del petróleo por encima de los 120 dólares.

La autoridad monetaria europea desoyó las voces de muchos expertos sobre los efectos nocivos que tendría esa subida en la incipiente recuperación económica de los países europeos más castigados por la crisis y se fijó más en el crecimiento de la economía alemana, que había batido récords en el primer trimestre de 2020. Cinco meses después, el propio BCE ha empezado a lanzar mensajes de que muy pronto volverán a bajar los tipos, ante el fantasma de la segunda recesión en Europa.

Además, llueve sobre mojado. Precisamente ahora que se cumplen los tres años de la quiebra de Lehman Brothers, toda Europa se acuerda del error cometido por el BCE en julio de 2008, al subir los tipos de interés hasta el 4,25% (para frenar una inflación que había llegado al 2%, con el precio del barril de Brent en 150 dólares), y que tuvo que corregir antes de que acabara el año, iniciando una rebaja escalonada hasta situarla en el 1% (mayo de 2009), manteniéndose invariable hasta la discutida decisión de abril pasado.

Jürgen Stark ha justificado su dimisión aduciendo motivos personales. Aunque luego se ha hartado de declarar ante los periodistas que no estaba de acuerdo con la decisión del BCE de comprar bonos españoles e italianos. También Axel Weber había mostrado su oposición a las primeras compras de deuda griega, irlandesa y portuguesa antes de dimitir. Y otros muchos políticos alemanes (la mayoría de la todopoderosa región de Baviera) han llegado a decir que las compras de deuda por parte del BCE contradicen el Tratado de Maastricht.

Sin dudar de la palabra de Stark y de Weber, sí habría que recordar que lo que prohíbe explícitamente al Banco Central Europeo el Tratado de Maastricht es financiar a los Gobiernos, dar créditos directos o comprar deuda en el mercado primario. Nada dice de la compra en el mercado secundario, que es donde ha intervenido el BCE ante las crisis de Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia.

Probablemente, Stark se refería más al espíritu del Tratado que a la letra, y, probablemente, también quería llamar la atención sobre la falta de ortodoxia de la autoridad monetaria europea ante algunos de los episodios de los últimos tres años de durísima crisis financiera mundial. Pero lo que se le ha olvidado mencionar al ya dimitido economista jefe del BCE son sus errores a la hora de leer el ciclo económico en la zona euro.

No es casual que Stark presentara su dimisión un viernes, un día después de que se celebrara la reunión del Consejo del Banco Central Europeo en la que la mayoría de sus miembros expresaron la necesidad de dar marcha atrás en la decisión de subida de tipos de abril propuesta por el economista jefe. ¿Irresponsabilidad o cobardía? Da lo mismo. El caso es que la decisión de Stark de abandonar el barco fue inoportuna, con una elección del momento explosiva que motivó una nueva tormenta financiera en todos los mercados europeos.

Sería iluso pensar que con la salida de Stark y la renuncia de Weber a ser presidente del BCE, la todopoderosa Alemania vaya a renunciar a tener un papel preponderante en la autoridad monetaria europea. El nuevo presidente, el italiano Mario Draghi, que tomará posesión el próximo 1 de noviembre, con un mandato de ocho años, ha salido del consenso franco-alemán y tendrá un economista jefe y un staff germanos. Eso sin contar con la influencia de Angela Merkel en todas las decisiones europeas.

Sea como fuere, el todavía presidente del BCE, Jean Claude Trichet, ha aprovechado este lapsus provocado por la renuncia de Stark para unirse a la Reserva Federal y a los reguladores monetarios de Japón, Reino Unido y Suiza en una acción coordinada para inyectar liquidez en dólares al sistema financiero europeo. Una medida anunciada el jueves y que provocó una oleada de subidas en todas las Bolsas mundiales. La medida favorece, sin duda, a todos los bancos europeos (especialmente a los franceses), que estaban siendo arrastrados en los mercados por una supuesta falta de liquidez ante el efecto contagio de la crisis de solvencia griega.

El Banco Central Europeo ha actuado esta vez con agilidad, ganando tiempo ante la entrada en vigor del nuevo Fondo de Rescate Europeo (EFSF, por sus siglas en inglés), pendiente de aprobación por algunos Parlamentos de los 17. También está pendiente de discusión la propuesta del presidente del Ejecutivo comunitario, José Manuel Durão Barroso, de emitir eurobonos, aunque cuenta de entrada con la oposición del Gobierno alemán. Este es un asunto que merece otro artículo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de septiembre de 2020

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